Aseguran que la revista de historietas más pequeña del mundo fue la argentina “Rayo rojo”.
En una época (mediados del SXX) en que se vendían millones de ejemplares en el país, sí amigo: dije millones, se quiso aprovechar los bordes sobrantes de los grandes rollos de papel que iban a las imprentas. Alguien observó que quedaban en el piso dichos bordes o remanentes que se cortaban de los grandes rollos que luego iban a ser impresos y se le ocurrió aprovecharlos. Así nació una revista que tenía el tamaño de una sola línea de viñetas. “Rayo rojo”. La más pequeña del mundo.
Alguna vez me preguntaron cuál era la primera historieta que apareció en la historia de la humanidad…
Los historiadores del género (los que hacen la “Historia de la historieta”), afirman que la primera del mundo es “Yellow Kid” de 1895. Algo así como un pequeño chino vestido de amarillo creado por Richard Felton Outcault. El personaje llevaba escrito en su especie de camisón aquello que hablaba, es decir que no existía el globo tradicional, el texto estaba en su ropa.
Yellow Kid
Yellow Kid con los "globos evolucionados"
Sin embargo, una autoridad en el tema, Claude Moliterni dijo allá por 1974 lo siguiente: “El comic apareció por primera vez en Alemania, a finales del siglo XIX. El gran clásico del comic de ese país es el denominado ‘Max und Moritz’, de Wilhelm Busch… Sin embargo, hay historiadores que pretenden afirmar que el comic empezó en EE.UU con ‘Yellow Kid’…” ¿Qué tal?
Max und Moritz
Claude Moliterni: fue redactor junto con otros de Enciclopédie de la Bande Dessinée, fundador de la revista “Phoénix”, redactor jefe de la revista “Lucky Luke”, colaborador de “Tintín”, director literario de “Pilote”, director de la colección “Serg”, entre otra infinidad de labores en el tema.
Desde hace años se mantienen con buen rating esos programas en los que un jurado elimina concursantes que anhelan ser estrellas.
El señuelo está en la idea tácita de que “quien triunfe en este certamen tendrá la fama y el talento eternos asegurados”. Y los contratos pueden ser ciertos y la fama momentánea está a la vista. Sólo que todos sabemos que un porcentaje muy pero muy pequeño de grandes exitosos surgieron de estos programas. En realidad estas emisiones siguen, hoy por hoy, dándole éxito a esos exitosos que forman y formaron el jurado. El resto se diluye…
Básicamente, la estructura es como una mesa examinadora conformada por dos hombres y una mujer. Uno de los hombres hace el papel del más exigente y casi cruel, el otro algo más aplomado y contemplativo, la dama es permisiva, tolerante y sensible. Luego de que éstos liquidan un gran número de participantes, se lavan las manos y dejan el resto a la decisión del público. Este formato es universal y se puede apreciar bien en las versiones norteamericana (American Idol) y la latina (Latin American Idol).
En Argentina tenemos un producto llamado “Talento argentino”. Como se busca y se premia al talento, comparten programa y escenario imitadores, saltimbanquis, ventrílocuos, humoristas, cantantes, instrumentistas, bailarines, payasos, magos y lo que fuere. No olvidemos que los argentinos tenemos ese espíritu de campeonato que nos lleva a hacer las cosas tan especiales que lindamos con el despropósito o acaso convivimos con él.
El jurado lo conforman Maximiliano Guerra, Catherine Fulop y Kike Teruel.
Se encargan de ver y decir quién tiene talento.
Y yo voy a opinar también sobre el talento…del jurado:
De los tres, el que tiene talento es Maximiliano Guerra. A nivel local. Argentina ha sabido tener bailarines talentosos reconocidos internacionalmente superlativamente superiores a Guerra. Guerra es un artista de talento, repito, el que tiene talento de los tres. Un buen bailarín, pero no hace historia en la danza argentina como otros hicieron antes y durante su trayectoria. El cantante Kike Teruel es un cantante como tantos. Una buena voz de un grupo vocal de un género híbrido fruto de la cópula de la canción melódica-cuasi bolero y el folklore argentino. Una voz buena, afinada pero olvidable.
Y Catherine…
Catherine jamás fue hasta hoy una figura que se destaque por el talento. Alguien que me diga por favor qué cosa hizo bien Catherine Fulop. Yo recuerdo una tira tristísima que ella protagonizaba y que se llamó “Chica Cósmica”, nadie la recuerda porque no alcanzó al mes en pantalla.
Al margen, confieso que me encanta cómo hace su papel de señora aniñada y tolerante de aquellos pésimos participantes que suben al escenario. Pero como autoridad para decir quién tiene talento y quién no…eso sí que no pasa.
Resumiendo: tenemos un programa que dice quiénes son los talentosos con un jurado conformado por tres artistas de los cuales sólo uno es alguien de talento… de segundo orden.
A quienes pierden en este y en todos los programas que buscan estrellas siempre les diría lo mismo: “No olviden que Charles Chaplin salió último en un concurso de imitadores de Charles Chaplin”.
Julio Bocca
Monumento a Norma Fontela y José Neglia
El talento de Fulop...
Nota: Milton Berle ganó, a principios de siglo xx, un concurso de imitadores de Chaplin que se hizo en San Francisco. El verdadero Charles salió último de su tanda. Durante años yo pensé que había salido segundo y una “leyenda urbana” dice que fue tercero, pero, la verdad es que salió último de su grupo de imitadores. El 15 de julio
de 1915, el mismo Chaplin reconocía la anécdota en una entrevista en Chicago.
“Las ficciones se escriben y se leen para que los humanos tengan las vidas que no se resignan a no tener”.
Mario Vargas Llosa
La humanidad siempre necesitó del relato maravilloso. No se leerán tanto “Las doce princesas bailarinas” o “Historia de la rosa marina y de la joven china”, pero siempre subyace ese deseo por el cuento de hadas y princesas.
Acaso necesitamos esos relatos para sobrellevar nuestras vidas.
Si no fue en formato de cuento infantil lo habrá sido en formato cinematográfico, pero de vez en cuando tuvimos sed de “Cenicienta”, obviamente las niñas más que los niños…
Y si no es como libro ni como film que sea como realidad ficcional. Es decir, alguien de la realidad tiene que aparecer como tal. De vez en cuando queremos, todos, una boda de cuento.
Yo recuerdo de niño la del príncipe Carlos y Lady Di. Hubo infinidad de bodas de ensueño antes y después.
Por estas tierras sin realeza desde 1810, nos conformamos con la farándula. Se casó Luisana Lópilato que es una actriz que jamás se destacó por ser una gran actriz, con el señor Michael Bublé, un cantante que todavía no sabemos mucho qué canta. Pero no importa. La boda tuvo el espíritu de los cuentos. Las revistas publicaron esta semana un montón de frases alusivas de la novia: “Me siento una Cenicienta”, “El amor de mi vida me dio la boda que siempre había soñado” y toda esa colección de glosas de lo más previsible que usted pueda imaginar. Una de las revistas dedicó 60 páginas al evento. Sí amigo, leyó bien, 60.
No hay nada de malo en todo esto.
En el fondo, todos sabemos que ellos actuaron.
Pero lo necesitamos. Sucede en todos los países de vez en cuando. Por el recuerdo de aquella boda poco perfecta que tuvimos hace tiempo, por la boda que soñamos para el futuro, por la boda que jamás tendremos… Necesitamos ver una boda de “cuento maravilloso”, de “relato folklórico”.
Y que no nos saquen mucho de la ficción.
Que todo sea ideal.
No queremos saber que Carlos nunca amó a Lady Di o que mientras Lopilato vivía su boda sin mácula, delincuentes criollos de la peor estirpe aprovechaban la distracción, entraban a su casa de soltera y le robaban hasta las Barbies de su adorable niñez.
“El pez por la boca muere”. Esto supone la lección para aquellos que hablan de más. Pero la imagen es poco apropiada.
Yo no tengo noción de que los peces sean grandes habladores.
No son muy elocuentes los peces…
Mueren por la boca en tanto y en cuanto les sirvamos una tentadora lombricita con un anzuelo mortal. De lo contrario morirían de viejos. Y, aun así, si luego de pescarlos los arrojamos al agua, seguirían vivos aunque medio mutilados porque la verdad es que se mueren de asfixia en la cubeta de todo buen pescador.
Para el caso podríamos decir “Las suegras por la boca mueren” si les ofreciésemos a cada una de ellas un buen bocadillo envenenado cada tarde.
Propongo el reemplazo urgente de este refrán. Otro debe haber que aleccione a quienes hablan mucho y sin criterio.
El primer refrán nos invita a la sana laboriosidad del madrugador que debería sentirse, al menos, algo feliz pues Dios estará con los que se levanten al alba.
El segundo dice que: “bueno, la epopeya tempranera no alterará demasiado el orden del universo”. Nadie nos dará una importante medalla por estar en pie antes que el gallo (¿duerme acostado el gallo?). Es decir, tampoco es una gran gloria ser el primero en todo.
¡A ver si abolimos uno de los dos del refranero popular! Me da los mismo cualquiera.
A decir verdad, preferiría que nos quedemos con el segundo…
Nota: hay numerosas observaciones en el espacio virtual sobre refranes opuestos. Baste mencionar: “Haz bien sin mirar a quién” y “La caridad bien entendida empieza por casa”. También podrían considerarse opuestos: “No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy” y “Más vale tarde que nunca” o “De tal palo tal astilla” y “Padres rengos, hijos bailarines”. Debe haber muchos más…
Ustedes disculpen si el tema es tedioso, pero, los desvelos en general son siempre injustificados y éste es uno de esos desvelos…
“No hay peor sordo que el que no quiere oír”.
Pobres sordos.
La aseveración puede tener cierta certeza, pero ha sido de modo nada feliz transmitida de generación en generación.
Pobres sordos, amén de cargar con esa dificultad le endosan un refrán que no les hace buena fama.
Ya se entiende que la justa diatriba iba contra los “necios”. Son los peores sordos aquellos que se niegan a escuchar la verdad irrefutable.
¿Pero qué culpa tienen los sordos?
El adverbio “peor” supone lo malo. Es decir: “aquello es lo malo y esto es todavía peor”. Por lo que al escuchar el refrán subyace algo así: “los sordos son todos malos y de todos los sordos malos, los peores son los que no quieren oír”.
Tremendo.
¡Juicio y castigo para el hacedor de esta ignominia!
Les dejo la tarea de buscar el refrán que lo reemplace.