Alguna vez, siendo muy joven, le pregunté a un profesor de historia qué diferencia existe entre un imperio depredador y un imperio conquistador. Y me contestó: “¿Sabés cuántas universidades quedaron funcionando en América una vez que cayó definitivamente el sistema virreinal español? Treinta. ¿Sabés cuántas universidades se crearon y quedaron en Africa luego de la retirada del impero británico? Cero”. Esa fue toda su explicación.
Los goles de la selección
argentina de fútbol se festejan en Bangladesh
y el sur de Asia, también en India y Pakistán. Principalmente por eso mismo, por un profundo sentimiento
de reivindicación simbólica contra el antiguo poder colonial británico.
Alguien puede decir: “el fútbol no es la guerra”. Claro que
no, pero es todo lo que podemos. Es todo lo que hoy esos pueblos sometidos
sojuzgados, depredados por Gran Bretaña
hoy pueden hacer. Nada devolverá lo robado, nada podrá hacer volver atrás la
depredación, las masacres ni los incontables crímenes que han cometido a lo
largo de siglos. Pero es, por lo pronto todo lo que se puede, todo lo que
podemos.
Por eso se celebró tanto
el triunfo contra Inglaterra en el
último partido disputado en el certamen mundial de fútbol, jugado el 15 de
julio pasado…
Por todo eso se levantaron
banderas argentinas en tantos lugares lejanos geográficamente únidos por el
mismo dolor, heridos por el mismo heridor…



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