viernes, 27 de noviembre de 2020

Diego... Diego... (nuevamente)

 


Maradona tiene que cargar con una cruz muy pesada en la espalda: llamarse Maradona. Es muy difícil ser Dios en este mundo, y más difícil comprobar que a los dioses no se les permite jubilarse, que deben seguir siendo dioses a toda costa. Y el de Maradona es un caso único, el deportista más famoso del mundo, a pesar de que hace años que ya no juega, esa necesidad de protagonismo derivada de la popularidad mundial que tiene. Quiero decir que es el más humano de los dioses, porque es como cualquiera de nosotros. Arrogante, mujeriego, débil… ¡Todos somos así! Estamos hechos de barro humano, así que la gente se reconoce en él por eso mismo. No es un dios que desde lo alto del cielo nos muestra su pureza y nos castiga. Entonces, lo menos que se parece a un dios virtuoso es la divinidad pagana que es Maradona. Eso explica su prestigio. Nos reconocemos en él por sus virtudes, pero también por sus defectos”. *


“Se convirtió en una especie de Dios sucio, el más humano de los dioses, eso explica la veneración universal que él conquistó más que ningún otro jugador. Un Dios sucio, que se nos parece: mujeriego, parlanchín, borrachín, tragón, irresponsable, mentiroso, fanfarrón, pero los dioses por muy humanos que sean no se jubilan”.


Eduardo Galeano, periodista y escritor uruguayo (1940-2015)

Ni se mueren...







miércoles, 25 de noviembre de 2020

Diego... Diego...

 


"Me van a tener que disculpar. Yo sé que un hombre que pretende ser una persona de bien debe comportarse según ciertas normas, aceptar ciertos preceptos, adecuar su modo de ser a determinadas estipulaciones convenidas por todos. Seamos más explícitos. Si uno quiere ser un tipo coherente debe medir su conducta, y la de sus semejantes, siempre con la misma e idéntica vara. No puede hacer excepciones, pues de lo contrario bastardea su juicio ético, su conciencia crítica, su criterio legítimo.

Uno no puede andar por la vida reprobando a sus rivales y disculpando a sus amigos por el sólo hecho de serlo. Tampoco soy tan ingenuo como para suponer que uno es capaz de sustraerse a sus afectos y a sus pasiones, que uno tiene la idoneidad como para sacrificarlos en el altar de una imparcialidad impoluta. Digamos que uno va por ahí intentando no apartarse demasiado del camino debido, tratando de que los amores y los odios no le trastoquen irremediablemente la lógica.

Pero me van a tener que disculpar, señores. Hay un tipo con el que no puedo. Y ojo que lo intento. Me digo: no puede haber excepciones, no debe haberlas. Y la disculpa que requiero de ustedes es todavía mayor, porque el tipo del que hablo no es un benefactor de la humanidad, ni un santo varón, ni un valiente guerrero que ha consolidado la integridad de mi patria. No, nada de eso. El tipo tiene una actividad mucho menos importante, mucho menos trascendente, mucho más profana. Les voy adelantando que el tipo es un deportista. Imagínense, señores. Llevo escritas doscientas sesenta y tres palabras hablando del criterio ético y sus limitaciones, y todo por un simple caballero que se gana la vida pateando una pelota. Ustedes podrán decirme que eso vuelve mi actitud todavía más reprobable. Tal vez tengan razón. Tal vez por eso he iniciado estas líneas disculpándome.

No obstante, y aunque tengo perfectamente claras esas cosas, no puedo cambiar mi actitud. Sigo siendo incapaz de juzgarlo con la misma vara con la que juzgo al resto de los seres humanos. Y ojo que no sólo no es un pobre muchacho saturado de virtudes. Tiene muchos defectos. Tiene tal vez tantos defectos como quien escribe estas líneas, o como el que más. Para el caso es lo mismo. Pese a todo, señores, sigo sintiéndome incapaz de juzgarlo. Mi juicio crítico se detiene ante él, y lo dispensa.

No es un capricho, cuidado. No es un simple antojo. Es algo un poco más profundo, si me permiten calificarlo de ese modo. Seré más explícito. Yo lo disculpo porque siento que le debo algo. Le debo algo y sé que no tengo forma de pagárselo. O tal vez ésta sea la peculiar moneda que he encontrado para pagarle. Digamos que mi deuda halla sosiego en este hábito de evitar siempre cualquier eventual reproche.

El no lo sabe, cuidado. Así que mi pago es absolutamente anónimo. Como anónima es la deuda que con él conservo. Digamos que él no sabe que le debo, e ignora los ingentes esfuerzos que yo hago una vez y otra por pagarle.

Por suerte o por desgracia, la oportunidad de ejercitar este hábito se me presenta a menudo. Es que hablar de él, entre argentinos, es casi uno de nuestros deportes nacionales. Para enzalzarlo hasta la estratosfera, o para condenarlo a la parrilla perpetua de los infiernos, los argentinos gustamos, al parecer, de convocar su nombre y su memoria. Ahí es cuando yo trato de ponerme serio y distante, pero no lo logro. El tamaño de mi deuda se me impone. Y cuando me invitan a hablar prefiero esquivar el bulto, cambiar de tema, ceder mi turno en el ágora del café a la tardecita. No se trata tampoco de que yo me ubique en el bando de sus perpetuos halagadores. Nada de eso. Evito tanto los elogios superlativos y rimbombantes como los dardos envenenados y traicioneros. Además, con el tiempo he visto a más de uno cambiar del bando de los inquisidores al de los plañideros aplaudidores, y viceversa, sin que se les mueva un pelo. Y ambos bandos me parecen absolutamente detestables, por cierto.

Por eso yo me quedo callado, o cambio de tema. Y cuando a veces alguno de los muchachos no me lo permite, porque me acorrala con una pregunta directa, que cruza el aire llevando específicamente mi nombre, tomo aire, hago como que pienso, y digo alguna sandez al estilo de «y, no sé, habría que pensarlo»; o tal vez arriesgo un «vaya uno a saber, son tantas cosas para tener en cuenta». Es que tengo demasiado pudor como para explayarme del modo en que aquí lo hago. Y soy incapaz de condenar a mis amigos al tórrido suplicio de escuchar mis argumentos y mis justificaciones.

Por empezar les tendría que decir que la culpa de todo la tiene el tiempo. Sí, como lo escuchan, el tiempo. El tiempo que se empeña en transcurrir, cuando a veces debería permanecer detenido. El tiempo que nos hace la guachada de romper los momentos perfectos, inmaculados, inolvidables, completos. Porque si el tiempo se quedase ahí, inmortalizando a los seres y a las cosas en su punto justo, nos libraría de los desencantos, de las corrupciones, de las ínfimas traiciones tan propias de nosotros los mortales.

Y en realidad es por ese carácter tan defectuoso del tiempo que yo me comporto como lo hago. Como un modo de subsanar, en mis modestos alcances, esas barbaridades injustas que el tiempo nos hace. En cada ocasión en la cual mencionan su nombre, en cada oportunidad en la cual me invitan al festín de adorarlo y denostarlo, yo me sustraigo a este presente absolutamente profano, y con la memoria que el ser humano conserva para los hechos esenciales me remonto a ese día, al día inolvidable en que me vi obligado a sellar este pacto que, hasta hoy, he mantenido en secreto. Un pacto que puede conducirme (lo sé), a que alguien me acuse de patriotero. Y aunque yo sea de aquellos a quienes desagrada la mezcla de la nación con el deporte, en este caso acepto todos los riesgos y las potenciales sanciones.

Digamos que mi memoria es el salvoconducto para volver el tiempo al lugar cristalino del cual no debió moverse, porque era el exacto sitio en que merecía detenerse para siempre, por lo menos para el fútbol, para él y para mí. Porque la vida es así, a veces se combina para alumbrar momentos como ése. Instantes después de los cuales nada vuelve a ser como era. Porque no puede. Porque todo ha cambiado demasiado. Porque por la piel y por los ojos nos ha entrado algo de lo cual nunca vamos a lograr desprendernos.

Esa mañana habrá sido como todas. El mediodía también. Y la tarde arranca, en apariencia, como tantas otras. Una pelota y veintidós tipos. Y otros millones de tipos comiéndose los codos delante de la tele, en los puntos más distantes del planeta. Pero ojo, que esa tarde es distinta. No es un partido. Mejor dicho: no es sólo un partido. Hay algo más. Hay mucha rabia, y mucho dolor, y mucha frustración acumuladas en todos esos tipos que miran la tele. Son emociones que no nacieron por el fútbol. Nacieron en otro lado. En un sitio mucho más terrible, mucho más hostil, mucho más irrevocable. Pero a nosotros, a los de acá, no nos cabe otra que contestar en una cancha, porque no tenemos otro sitio, porque somos pocos, porque estamos solos, porque somos pobres. Pero ahí está la cancha, el fútbol, y son ellos o nosotros. Y si somos nosotros el dolor no va a desaparecer, ni la humillación ha de terminarse. Pero si son ellos. Ay, si son ellos. Si son ellos la humillación va a ser todavía más grande, más dolorosa, más intolerable. Vamos a tener que quedamos mirándonos las caras, diciéndonos en silencio «te das cuenta, ni siquiera aquí, ni siquiera esto se nos dio a nosotros».

Así que están ahí los tipos. Los once nuestros y los once de ellos. Es fútbol, pero es mucho más que fútbol. Porque cuatro años es muy poco tiempo como para que te amaine el dolor y se te apacigüe la rabia. Por eso no es sólo fútbol.

Y con semejantes antecedentes de tarde borrascosa, con semejante prólogo de tragedia, va este tipo y se cuelga para siempre del cielo de los nuestros. Porque se planta enfrente de los contrarios y los humilla. Porque los roba. Porque delante de sus ojos los afana. Y aunque sea les devuelve ese afano por el otro, por el más grande, por el infinitamente más enorme y ultrajante. Porque aunque nada cambie allá están ellos, en sus casas y en sus calles, en sus pubs, queriéndose comer las pantallas de pura rabia, de pura impotencia de que el tipo salga corriendo mirando de reojito al árbitro que se compra el paquete y marca el medio.

Hasta ahí, eso solo ya es historia. Ya parece suficiente. Porque le robaste algo al que te afanó primero. Y aunque lo que él te robó te duele más, vos te regodeas porque sabes que esto, igual, le duele. Pero hay más. Aunque uno desde acá diga bueno, es suficiente, me doy por hecho, hay más. Porque el tipo además de piola es un artista. Es mucho más que los otros.

Arranca desde el medio, desde su campo, para que no queden dudas de que lo que está por hacer no lo ha hecho nadie. Y aunque va de azul, va con la bandera. La lleva en una mano, aunque nadie la vea. Empieza a desparramarlos para siempre. Y los va liquidando uno por uno, moviéndose al calor de una música que ellos, pobres giles, no entienden. No sienten la música, pero sí sienten un vago escozor, algo que les dice que se les viene la noche. Y el tipo sigue adelante.

Para que empiecen a no poder creerlo. Para que no se lo olviden nunca. Para que allá lejos los tipos dejen la cerveza y cualquier otra cosa que tengan en la mano. Para que se queden con la boca abierta y la expresión de tontos, pensando que no, que no va a suceder, que alguno lo va a parar, que ese morochito vestido de azul y de argentino no va a entrar al área con la bola mansita a su merced, que alguien va a hacer algo antes de que le amague al arquero y lo sortee por afuera, de que algo va a pasar para poner en orden la historia y que las cosas sean como Dios y la reina mandan, porque en el fútbol tiene que ser como en la vida, donde los que llevan las de ganar ganan, y los que llevan las de perder pierden. Se miran entre ellos y le piden al de al lado que los despierte de la pesadilla. Pero no hay caso, porque ni siquiera cuando el tipo les regala una fracción de segundo más, cuando el tipo aminora el vértigo para quedar de nuevo bien parado de zurdo, ni siquiera entonces van a evitar entrar en la historia como los humillados, los once ingleses despatarrados e incrédulos, los millones de ingleses mirando la tele sin querer creer lo que saben que es verdad para siempre, porque ahí va la bola a morirse en la red para toda la eternidad, y el tipo va a abrazarse con todos y a levantar los ojos al cielo. Y no sé si él lo sabe, pero hace tan bien en mirar al cielo.

Porque el afano estaba bien, pero era poco. Porque el afano de ellos era demasiado grande. Así que faltaba humillarlos por las buenas. Inmortalizarlos para cada ocasión en que ese gol volviese a verse una vez y otra vez y para siempre, en cada rincón del mundo. Ellos volviendo a verse una y mil veces hasta el cansancio en las repeticiones incrédulas. Ellos pasmados, ellos llegando tarde al cruce, ellos viéndolo todo desde el piso, ellos hundiéndose definitivamente en la derrota, en la derrota pequeña y futbolera y absoluta y eterna e inolvidable.

Así que señores, lo lamento. Pero no me jodan con que lo mida con la misma vara con la que se supone debo juzgar a los demás mortales. Porque yo le debo esos dos goles a Inglaterra. Y el único modo que tengo de agradecérselo es dejarlo en paz con sus cosas. Porque ya que el tiempo cometió la estupidez de seguir transcurriendo, ya que optó por acumular un montón de presentes vulgares encima de ese presente perfecto, al menos yo debo tener la honestidad de recordarlo para toda la vida. Yo conservo el deber de la memoria."


Eduardo Sacheri

sábado, 14 de noviembre de 2020

"La Muerte de un Miliciano" o cuántas vueltas se le pueden dar a una tuerca...

  Hace unos días o unas noches, mantuve una charla trasnochada que por esos azares dialógicos derivó en la emblemática fotografía del año 1936, “La Muerte de un Miliciano”.

 Es aquella fotografía de Robert Capa en la que se ve un miliciano republicano en el contexto de la Guerra Civil Española al momento de ser herido mortalmente en combate.

 



 Y no pude más que llegar a la conclusión de que es una imagen que funciona como una vertiente de reflexiones interpretativas:

. Propone una reflexión sobre la muerte y la muerte en combate.

. Propone una reflexión política sobre el bando republicano al cual pertenecía el miliciano que está muriendo.

. Pero también dice algo si la fotografía, como muchos afirman, es un montaje…

. Y también dice algo distinto si a la imagen se le cambiase el nombre como hizo años más tarde Philip Knightley, apoyado en la teoría del montaje.

. Y también nos propone una reflexión sobre imágenes y nombres puesto que toda imagen puede variar su significado de acuerdo al nombre que reciba.

. Y también nos dice otras cosas más si descubrimos que Robert Capa es el pseudónimo de dos personas, Erno Friedman y Gerda Taro (quien en realidad se llamaba Gerta Pohorylle), quienes se alternaban las cámaras y cuya autoría de uno y otro queda en una nebulosa…

. Y sigue diciendo algo más de uno de ellos al cual reconocemos habitualmente cuando hablamos de Capa y que es Erno Fridedman en el caso de que él jamás dijera que no había tomado nunca esa instantánea…

La muerte de un miliciano.

Un mar de lecturas posibles, un laberinto de posibilidades interpretativas, siempre con "otra vuelta de tuerca posible"... 


jueves, 12 de noviembre de 2020

"Recuerdo aquel lugar que ya no vemos..."

 

Después de unos días lejos de este espacio, es bueno volver con un poema...





"Recuerdo aquel lugar que ya no vemos

respiro un poco y voy impunemente

tan frágil como un día que ha pasado.

Podría no decir que el mismo cielo,

las mismas hojas brillan y la tarde

es toda igual a aquellas otras tardes.

Podría no decir pero lo digo:

el mismo brillo tenue, el mismo viento,

el mismo respirar de tierra fértil.

Lo digo sin pensar, como un intento

que nunca servirá:

no estás, no estoy, no estamos."


P.S.



sábado, 31 de octubre de 2020

Pobreza y pereza periodística...

 

 Hace muchos años ya, cuando miraba noticias sobre la Guerra del Golfo que había publicado un periódico, me llamó mucho la atención que presentara fotografías de aviones norteamericanos en pleno día, cuando yo sabía de manera fehaciente que aquella incursión aérea se había producido de noche…

 A partir de ese día intuí que los periódicos del país tenían la habilitación legal para “ilustrar” las noticias con las imágenes que le vinieran en gana…

 Y mi intuición fue certera…


 Hoy, un diario local habla de esta fotografía de un patrullero policial, fotografía que ustedes pueden encontrar (si acaso alguna vez no lo hicieron), como imagen de una noticia que habla sobre dónde la policía se provee de combustible, pero también en otra sobre el crimen de un menor de 15 años en la localidad de Villa Lugano y también en otra sobre el apartamiento de un jefe policial por pedir regalos navideños en la ciudad de La Plata y también en el robo a una pareja de ancianos en La Loma y en el estrangulamiento de un joven en Capilla del Señor…

 Sí, todos esos hechos, y acaso algunos más, replicados por portales y hasta por emisiones televisivas a lo largo y a lo ancho de este país al sur mundo, todos con la misma fotografía.

 Como si esto fuera poco para hacernos reflexionar sobre nuestra pobreza periodística, la realidad nos da como siempre su cuota de ironía: la fotografía fue tomada un 18 de julio de 2017 cuando un adolescente le disparó tres veces a otra persona, pero, para esa noticia no se utilizó esta imagen...








jueves, 22 de octubre de 2020

Clift, cien años de su nacimiento...

 


 En este mes de octubre se cumplen los cien años del nacimiento de ese actor excepcional que fue Montgomery Clift...

 Claro que estoy hablando de un cine de otra época como si dijese un cine de otro mundo. No sé si significan algo para las nuevas generaciones los nombres de Marilyn Monroe o Elizabeth Taylor o John Wayne

 Tal vez, no importa, no voy a ponerme en maduro sentimental de esos que dicen que cine era el de antes o que todo tiempo pasado fue mejor. Eso no importa, lo que si importa es que estos nombres eran de personas talentosas e importantes. Algunas más mágicas que otras como el gran Montgomery Clift que partió con solo 45 años y dejó films maravilosos y una manera de actuar y de presentar sus personajes significativa y especial.

 Su muerte fue una especie de agonía lenta que llevó años. Dijo de él Marilyn Monroe: “La única persona que conozco que está en peor forma que yo…”

 A su salud, un actor maravilloso, una mirada inigualable, unas películas bellísimas, una persona para no olvidar...


Con su amiga Elizabeth Taylor de la mano




domingo, 11 de octubre de 2020

Enola Holmes, ese otro retroceso para una concepción más femenina del mundo…

 


 Enola Holmes, creada por la escritora Nancy Springer puede ser un producto literario regular, bueno o muy bueno; Enola Holmes, película guionada por Jack Thorne, puede ser un producto cinematográfico regular, bueno o muy bueno. Lo que sí se puede afirmar es que ambos productos no son una colaboración para una concepción de un mundo algo más femenino sino un retroceso en este aspecto…


 Porque si bien hay quienes festejaron el logro de tener una versión femenina de Sherlock Holmes, lo cierto es que no se desprende jamás de su referente masculino. Enola Holmes, es la hermanita de Sherlock, lo es y no podrá dejar de serlo. Es que los aspectos culturales respetan siempre esa regla del juego, los referentes originales siempre permanecen como sustrato, como origen, como matriz primordial…


 Al fin y al cabo Supergirl siempre será la primita de Supermán y Batgirl, sobrina y o hija del Comisionado Policial de Ciudad Gótica como así también Batwoman, una réplica femenina de Bruce Wayne...


 Todos los superhéroes literarios, los del mundo de la historieta y los de la cinematografía han tenido su versión femenina emanada de la creación primaria masculina y, si aún queda algún personaje sin primas, hermanitas, hijas o conocidas, tarde o temprano como en el caso de Enola, aparecen…


 Aparecen versiones femeninas de personajes masculinos y lo que no desaparece es un mundo femenino que por lo pronto solo es reversión de la masculinidad tanto como esa decisión de hablarle a las niñas de la visita cada 6 de enero de las Reinas Magas...otro despropósito en el afán cultural de dar coloración femenina a cada cosa…


 Un mundo con reales concepciones y miradas femeninas deberá crear sus propias matrices culturales, sus propias versiones originales, sus propias literaturas, sus propias historietas, sus propia cinematografías, sus propias mitologías…