miércoles, 21 de marzo de 2018

DÍA DE LA POESÍA...

 El 21 de marzo, Día Mundial de la Poesía, fue aprobado por la UNESCO durante su 30º periodo de sesiones, que se celebró en París en 1999.



   El placer de leer y releer el discurso de la poeta polaca Wisława Szymborska en la recepción del Premio Nobel de Literatura en 1996:


EL POETA Y EL MUNDO

 Parece ser que en un discurso lo más difícil es la primera frase. Así que ya la he dejado atrás… Pero presiento que también las que siguen serán difíciles, la tercera, la sexta, la décima, así hasta la última, porque tengo que hablar de poesía. Pocas veces hablo sobre este tema, casi nunca. Y siempre me acompaña el convencimiento de que no lo hago muy bien. Por eso no me extenderé mucho. Toda imperfección es más llevadera si se recibe en pequeñas dosis.

 El poeta de hoy es escéptico e incluso desconfiado –y puede ser que lo sea sobre todo– ante sí mismo. Con disgusto manifiesta públicamente que es poeta, como si se avergonzara un poco. Pero en nuestra ruidosa época resulta más fácil reconocer los propios defectos (basta con que causen impresión) que no las virtudes, porque están escondidas a mayor profundidad y no acabamos de creer en ellas…

 En diferentes encuestas o en conversaciones casuales, cuando el poeta tiene necesariamente que precisar su ocupación, se define de forma general como “literato”, o da el nombre de la profesión a la que se dedica por añadidura. La información de que tienen que vérselas con un poeta es recibida por funcionarios o por otros pasajeros del mismo autobús con cierta incredulidad e inquietud. Supongo que también el filósofo despierta parecida turbación. Este último está sin embargo en mejor situación porque, normalmente, tiene la posibilidad de adornar su profesión con algún título. Doctor en filosofía, eso sí que suena mucho más serio.

 Además, no existen doctores en poesía. Eso significaría que es una ocupación que exige estudios especializados, exámenes aprobados con regularidad, disertaciones teóricas enriquecidas con bibliografía y notas y, por fin, la obtención solemne de diplomas. Esto, por su parte, significaría que para ser poeta no bastarían hojas de papel escritas, aunque fuera con los mejores versos; que sería imprescindible, y eso ante todo, un papelito sellado. Recordemos que en relación a esto deportaron al orgullo de la poesía rusa, más tarde Premio Nobel, Joseph Brodsky. Lo declararon “parásito” porque no tenía la certificación oficial de que le era permitido ser poeta…

 Hace unos años tuve el honor y la alegría de conocerle personalmente. Advertí que sólo a él, entre los que conozco, le gustaba llamarse a sí mismo “poeta”, que articulaba esta palabra sin frenos internos, incluso con cierta provocativa soltura. Pienso que era resultado del recuerdo de las brutales humillaciones que había sufrido en su juventud. En países más felices, en los que la dignidad humana no se puede pisotear tan fácilmente, los poetas anhelan ser publicados, leídos y comprendidos, pero no hacen nada o casi nada para destacar de entre los demás en la vida cotidiana. No hace tanto, en las primeras décadas de nuestro siglo, a los poetas les gustaba llamar la atención con ropas rebuscadas y con un comportamiento excéntrico. Esto, sin embargo, era siempre un espectáculo de cara al público. Llegaba el momento en que el poeta cerraba tras de sí la puerta, se quitaba de encima todas las capas, bisutería y otros accesorios poéticos, y se quedaba en silencio, en espera de sí mismo, ante una hoja de papel en blanco. Porque es esto lo que en verdad cuenta.

Es significativo. Constantemente se produce un gran número de películas biográficas sobre grandes científicos o sobre grandes artistas. La tarea de los ambiciosos directores de cine es presentar de una manera creíble el proceso creativo, proceso que conduce finalmente a grandes descubrimientos científicos o a la realización de famosísimas obras de arte. Con más o menos éxito muestran el trabajo de ciertos sabios: laboratorios, todo tipo de aparatos, mecanismos puestos en marcha que son capaces de mantener durante cierto tiempo la atención del público. Además, los momentos de expectación en espera de si un experimento, repetido por enésima vez con sólo una pequeñísima variación, sale o no sale, resultan muy dramáticos. Las películas sobre pintores, en las que se puede reproducir cada fase del movimiento de la pintura, desde el primer trazo hasta la última pincelada, sí que pueden ser espectaculares. Las películas sobre compositores están llenas de música, desde los primeros compases que el artista oye en su interior hasta la forma madura de la obra en la que cada instrumento tiene ya adjudicada su parte. Todo esto sigue siendo ingenuo y no nos dice nada sobre ese estado de ánimo llamado comúnmente inspiración, pero al menos hay algo que mirar y oír.

 Lo malo son los poetas. Su labor es de una lamentable falta de fotogeneidad. Uno está sentado a la mesa o tendido en un sofá, con la vista clavada en la pared o en el techo, de vez en cuando escribe siete versos, uno de los cuales tacha al cabo de un cuarto de hora, y pasa una hora más en la que no ocurre nada… ¿Qué espectador aguantaría semejante cosa?

 Yo también, al ser a veces interrogada sobre la inspiración, mantengo una prudente distancia respecto a lo esencial. Pero digo lo siguiente: la inspiración no es un privilegio exclusivo de los poetas o de los artistas en general. Hay, ha habido y seguirá habiendo un cierto grupo de personas a las que toca la inspiración. Son todos aquellos que conscientemente eligen su trabajo y lo realizan con amor e imaginación. Se encuentra médicos así, y pedagogos, y jardineros, y otros en cien profesiones más. Su trabajo puede ser una aventura sin fin siempre y cuando sean capaces de percibir nuevos desafíos. A pesar de dificultades y fracasos su curiosidad no se enfría. De cada duda resuelta sale volando un enjambre de nuevas preguntas. La inspiración, sea lo que sea, nace de un constante “no sé”.

 Personas como ésas no hay muchas. La mayoría de los habitantes de esta tierra trabaja para ganarse la vida, trabaja porque tiene que trabajar. No son ellos mismos quienes con pasión eligen su trabajo, son las circunstancias de la vida las que eligen por ellos. El trabajo que no gusta, el que aburre, valorado sólo porque, incluso siendo desagradable y aburrido, no es accesible para todos, es uno de los peores infortunios humanos. Y no parece que los siglos que vienen vayan a traer algún cambio feliz.

 Así me permito decir que, si bien les quito a los poetas el monopolio de la inspiración, los incluyo, de todos modos, en el pequeño grupo de los favorecidos por el destino.

 En este punto, sin embargo, pueden despertarse dudas en el oyente. A los más diversos verdugos, dictadores, fanáticos, demagogos, que luchan por el poder con ayuda de unas pocas consignas, pero repetida a gritos, también les gusta su trabajo y también lo realizan con ingenio. Claro que sí, pero ellos “saben”. Saben, y lo que saben les basta de una vez para siempre. No se interesan en nada más, porque eso podría debilitar la fuerza de sus argumentos. Y cualquier saber que no provoca nuevas preguntas se convierte muy pronto en algo muerto, pierde la temperatura que propicia la vida. Los casos más extremos, los que se conocen bien tanto por la historia antigua como por la moderna, son capaces de ser letales para las sociedades.

Por eso tengo en tan alta estima dos pequeñas palabras: “no sé”. Pequeñas pero con potentes alas. Que nos ensanchan los horizontes hacia territorios que se sitúan dentro de nosotros mismos y hacia extensiones en las que cuelga nuestra menguada tierra. Si Isaac Newton no se hubiera dicho “no sé”, las manzanas del jardín hubieran podido caer ante sus ojos como granizo y él, en el mejor de los casos, se habría inclinado a recogerlas para comérselas con apetito.

 Si mi compatriota Maria Sklodowska-Curie no se hubiese dicho “no sé”, probablemente se hubiera convertido en profesora de química en un pensionado de señoritas de buena familia y en este trabajo, por otra parte respetable, habría transcurrido su vida. Pero ella se dijo “no sé”, y fueron exactamente estas dos palabras las que la condujeron, y no una sino dos veces, a Estocolmo, donde se galardona con el Premio Nobel a las personas de espíritu inquieto en constante búsqueda.

 Asimismo, el poeta, si es un poeta de verdad, tiene que repetir sin descanso “no sé”. En cada poema intenta dar una respuesta pero, no bien ha puesto el último punto, ya le invade la duda, ya empieza a darse cuenta de que se trata de una respuesta temporal y absolutamente insuficiente. Así pues lo intenta otra vez, y otra, y más tarde estas pruebas consecutivas de su descontento con respecto a sí mismo los historiadores de literatura las sujetarán con un clip muy grande y las denominarán sus “logros”.

 Sueño algunas veces con situaciones imposibles. Me imagino, por ejemplo, en mi impertinencia, que tengo la posibilidad de hablar con el Eclesiastés, el autor de tan conmovedor lamento frente a la vanidad de toda actividad humana. Le haría una profunda reverencia porque no cabe la menor duda de que es uno de los más importantes poetas, por lo menos para mí. Pero después lo cogería de la mano. “Nada nuevo bajo el sol”, dijiste, Eclesiastés. Pero si tú mismo naciste nuevo bajo el sol. Y el poema del cual eres autor también es nuevo bajo el sol porque nadie lo escribió antes que tú. Y nuevos bajo el sol son todos tus lectores, porque quienes vivieron antes que tú está claro que no pudieron leerlo. Tampoco el ciprés bajo cuya sombra te sentaste crece aquí desde el principio de los tiempos.

 Le dio su origen algún otro ciprés, parecido al tuyo pero no el mismo, y además querría preguntarte, Eclesiastés, qué cosa nueva bajo el sol piensas escribir ahora. ¿Se tratará de algo que complete tus pensamientos o más bien, después de todo, tienes la tentación de rectificar alguno de ellos? En tu anterior poema percibiste también la alegría, ¿qué importa que sea pasajera? Así pues, ¿será ella el tema de tu poema nuevo bajo el sol? ¿Tienes ya algunas notas, los primeros esbozos? ¡No irás a decir: “Lo he escrito todo, no tengo nada que añadir” Eso no lo puede decir ningún poeta en el mundo, y qué decir uno tan grande como tú.

 El mundo, pensemos de él lo que pensemos, espantados por su inmensidad y por nuestra propia impotencia frente a él, amargados por su indiferencia a los sufrimientos, los de la gente, los de los animales, y tal vez también los de las plantas, pues ¿de dónde la seguridad de que las plantas están libres de sufrimientos?; pensemos lo que pensemos de sus espacios atravesados por la radiación, de las estrellas, alrededor de las cuales se han empezado a descubrir nuevos planetas, ¿ya muertos?, ¿todavía muertos?, no se sabe; digamos lo que digamos de este inconmensurable teatro para el que tenemos una entrada, aunque su validez sea ridículamente corta, limitada por dos fechas categóricas; pensemos lo que pensemos sobre él, este mundo es sorprendente.

 Pero en el término “sorprendente” se esconde cierta trampa lógica. Nos sorprende lo que se sale de una norma conocida y ampliamente aceptada, de alguna incuestionabilidad a la que estamos acostumbrados. Pero he aquí que este mundo incuestionable no existe en absoluto. Nuestra sorpresa tiene vida propia y no resulta de la comparación con nada.

 De acuerdo, en el habla coloquial, que no sopesa cada palabra, todos usamos las expresiones: “un mundo corriente”, “una vida corriente”, “un hecho corriente”,… sin embargo, en el lenguaje de la poesía, donde cada palabra se mide, nada es ya normal y nada es corriente. Ninguna piedra y ninguna nube sobre ella. Ningún día y ninguna noche tras él. Y por encima de todo, ni siquiera la existencia de nadie en este mundo.

 Parece que los poetas van a seguir teniendo siempre mucho trabajo.




domingo, 11 de marzo de 2018

“En Otro Orden…" una revista distinta, si acaso es una revista…




 Hay un escritor brillante, es además un amigo, Juan Pablo Cozzi.

 Siempre asume la literatura como lo que es: un misterio para ir un paso más allá de todo lo convencional.

 Forma parte de un grupo de artistas de la palabra, una pequeña pero profunda hermandad de creadores quienes además son almas entrañables : Nicolás Blum y Vero Cozzi. Inventaron una ¿revista literaria? que sale en formato caja, cuyas “páginas”, tarjetas luminosas e iluminadas que pueden moverse, quitarse, regalarse, forman esa maravilla que se llama “En Otro Orden de Cosas”.

 Su nota editorial reza: “‘En Otro Orden de Cosas’ pretende ser una publicación trimestral que reúne trabajos en artes de la palabra y artes visuales. Amén del objetivo primario que, como se sabe, es la conquista del mundo…”

 Que así sea.












jueves, 1 de marzo de 2018

En el pasado también actualizaban el pasado…


 Siempre está ese afán de actualizar historias y personajes…

 Ciertamente que los creadores no tienen piedad… Ya Webber y Tim Rice reinventaron los Evangelios con su Jesus Christ Superstar de 1970, visión que si por entonces fascinara hoy es, a todas luces, un despropósito retro.



Como lo es también esta “modernización” de Sherlock Holmes en versión historieta de 1971. Habían actualizado a Holmes. ¡Pero qué gran idea!





Parece que varios creadores se apropiaron de la idea de actualizar a Holmes puesto que luego de esta perdida y entrañable versión de papel tuvimos:

Las películas Sherlock Holmes (2009) dirigida por Guy Ritchie y protagonizada por Robert Downey Jr. y Jude Law con su segunda parte  Sherlock Holmes: Juego de sombras  de 2011:





Sherlock como serie de televisión británica que comenzó en 2010, realizada por la BBC y protagonizada por Benedict Cumberbatch y Martin Freeman:





Elementary,  una serie de televisión estadounidense creada por Robert Doherty allá por el año 2012, protagonizada por Jonny Lee Miller con Lucy Liu como  Watson:




 Si me obligan a elegir una versión, elijo la protagonizada por Benedict Cumberbatch.

 Pero si me dan a elegir con más libertad, optaría por no actualizar nada.

 Las cosas como son y como fueron hechas. En su tiempo, en su contexto, con su forma original que es como decir con su magia original:




lunes, 26 de febrero de 2018

Sandro regresa…

  


  Salió a la venta, hace unos pocos días, un nuevo disco de Sandro.

 ¿Quién es Sandro?


 Es el que enloquecía mujeres y despertaba la admiración de hombres por los años`70, es Sandro de América, el primer artista latino en cantar y colmar el Madison Square Garden, pero, además, era el cantante que adoraba mi madre.

 ¿Canta otra vez?

 Murió el 10 de enero de 2010…

 Pero, como dijimos alguna vez, en el cine y en la canción nadie muere jamás.

 Se edita y sale a la venta un trabajo llamado Sandro Dúos, en esa producción, la voz de Sandro es acompañada por Cristian Castro, Elvis Presley, Soledad, Franco de Vita, Abel Pintos, Espinoza Paz, Chayanne, Axel, Carlos Vives, Il Volo, Malú y Alejandra Guzmán.

 Definitivamente se comprende que los dioses son inmortales…





jueves, 22 de febrero de 2018

Fergie lo hizo bien…

  La noticia que nos llega es que Fergie tuvo el honor de cantar el himno de EEUU (USA) en el juego “NBA All Star-Game” y que su versión fue vergonzosa, los jugadores no podían ocultar la risa, la comunidad norteamericana la criticó y ella salió a pedir disculpas.

  Lo sucedido es, sin duda, todo un despropósito: Fergie hizo una versión excelente e inobjetable.

  Cuando se llama a un artista para una interpretación hay que atenerse a lo que realice.

  Si los yankees deseaban una versión tradicional de su himno, hubieran emitido la pista de un CD con la banda del ejército o hubieran llevado a uno de los tantos coros que tendrán las fuerzas armadas de EEUU y todos en paz…


http://www.milenio.com/hey/farandula/fergie-canta-himno-estado-unidos-falla-intento_0_1124887774.html




http://americandadlatino.blogspot.com.ar/2016/09/6x01-el-club-campestre.html

domingo, 18 de febrero de 2018

“Océano Mar” (la difícil tarea de compartirlo...)




 Fui insistente con un amigo para que tenga la amabilidad de prestarme “Océano Mar” de Baricco.

 Había leído unos cuantos de sus libros pero no, ése, justamente ése.

  Mi amigo decía que tenía varias ediciones de ese título, es decir que lo había adquirido varia veces…pero por alguna causa que él llamaba “olvido", nunca me lo prestaba. Y, acaso por otra causa que desconozco, yo no iba a la librería y lo compraba…

  Pero me hacía gracia mi amigo porque tenía el libro repetido tantas veces y no me lo prestaba, incluso me confesaba que tenía algún “Océano Mar” en edición rudimentaria y en malas condiciones justamente para prestarlo sin lamentar mucho ni pérdidas ni roturas, pero…aún así olvidaba sacarlo de su anaquel y prestármelo.

 Yo he comprado un mismo libro dos veces para conservarlo, uno en edición rústica y otro para tenerlo como objeto preciado, pero nunca más de dos veces…

 Un día llegó mi cumpleaños y mi amigo me regaló “Océano Mar”. No, una de sus versiones, ni la mejor ni la rústica con roturas, me compró el libro  “Océano Mar” y me lo regaló…

Y lo leí…

Y comprendí por qué no quería soltar ninguno de ellos…nunca…




domingo, 11 de febrero de 2018

Liliana Bodoc…nunca “adiós”…

 Me tomé unos días para escribir sobre la inesperada partida de la escritora Liliana Bodoc…
 En este lugar del mundo,  muchos la conocimos personalmente y eso, aumentó la profundidad de la tristeza.
 Muchos la conocimos, la conocimos muchos personalmente porque tenía esa grandeza, esa delicadeza de espíritu de ponerse a hablar de literatura con cada persona que la abordara y a todos, sin excepción les dedicaba el tiempo que fuese necesario. No era extraño que los que iban a escucha a Liliana Bodoc, fueran luego escuchados atentamente por ella…
 Creo que nadie encontrará una dedicatoria de su puño y letra igual o parecida porque para cada lector encontraba las palabras justas y distintas…
 Hay mucho, pero mucho más para decir de ella pero lo han dicho, lo están diciendo y lo dirán otros con mejor voz que mi voz que ahora está herida por la tristeza…

"No digo adiós.
Ustedes se irán.
Yo permaneceré, reinventando el recuerdo de lo que han sido.
No digo adiós, aquí me quedo para contarlo todo.
Dice adiós la lechuza, el hombre y la piedra.
Yo no lo digo.
Debo permanecer y recordar al hombre, la piedra y la lechuza.
Yo no me olvidaré de ninguno de ustedes,
parte en mi rueda, balsas y colores.
No me olvidaré de nada ni de nadie
pues no puedo olvidar lo que me constituye.
Adiós, dirán. Y yo no diré nada.
Cuando todos se alejan, se queda la memoria sentada en una roca,
cuando todos descansan.
Aquí estaré, no digo adiós.
Si pasan junto a mí y me preguntan,
les contaré acerca de lo que fueron.
Si me ven sentada en una roca, componiendo mis versos,
acérquense y pregunten.
Yo voy a responderles.
Pero luego no les diré adiós.
Porque, quieran o no, se quedarán conmigo."
 


“Los días del fuego”, Liliana Bodoc