Leíamos en nuestra niñez, las revistas de la
grandiosa editorial mexicana NOVARO.
Esa era nuestra relación con los superhéroes.
A través de páginas coloridas.
Superhéroes o historietas bien infantiles, o de
vaqueros, o de héroes de la prehistoria o de un grupo de estudiantes de un
pueblo norteamericano que apenas existía.
Como suele hacer el tiempo, el tiempo hizo que eso
ya no existiese. Las revistas siguen, sí, pero no aquellas ni como aquellas…
Lo superhéroes están en el cine o en las series
televisivas, los vaqueros también, el grupo de estudiantes del pueblo que
apenas existía, también…
No está mal.
El mundo cambia, a nuestro pesar.
Hay quienes conservaron esas viejas revistas como un
tesoro.
Hay quienes intentan recuperar las que perdieron.
Hay quienes las miran nostálgicamente a través de
una red social.
Odio las notas necrológicas, ya
lo he dicho, pero algunas no puedo evitarlas.
Lo segundo:
Siempre hubiera querido ser
Roger Moore o acaso hubiera querido ser
Brett Sinclair o James Bond o El Santo, pero, en realidad hubiera
querido ser El Santo según Roger Moore o Bond según Roger Moore o Brett
Sinclair como lo interpretó Roger Moore…
En la adolescencia me topé con
este fragmento de “La rebelión de los brujos” obra controvertida y discutible de Pauwels/
Bergier y nunca pude sacarme de la cabeza este fragmento
introductorio. Si perturbar y galvanizar en la memoria algo a alguien fue el
objetivo de los autores, conmigo lo lograron:
“Nuestra civilización, como
toda civilización, es un complot. Numerosas divinidades minúsculas, cuyo poder
sólo proviene de nuestro consentimiento en no discutirlas, desvían nuestra
mirada del rostro fantástico de la realidad. El complot tiende a ocultarnos que
hay otro mundo en el mundo en que vivimos, y otro hombre es el hombre que
somos. Habría que romper el pacto, hacerse bárbaro. Y, ante todo, ser realista.
Es decir, partir del principio de que la realidad es desconocida…”
El crítico local JorgeCarnevalle no
dudaba en confesar, rondando su vejez, que había soñado con un cine a la altura de lo
literario, un cine que intentase estar a la par de la Literatura y disputar alturas estéticas. Había disfrutado el gran
cine, el de Godard, Visconti, De Sica, Fellini, Scorsese,
Ford, Welles, Hermanos Coen, etc… “Como ya señalé en más de una oportunidad, pienso que el cine tuvo su
momento de gloria entre los años 60 y 70 y nos llevó a creer que podía medirse
con la literatura. Aquello era un espejismo. Los avances tecnológicos, los
multiplex y las películas en 3D nos indicaron que el cine volvía a ser lo que
fue siempre: un entretenimiento masivo con algunos aditamentos que lo
convierten en un parque de diversiones de lujo…”
Admite, pasado el tiempo, ingenuidad y derrota.
El Cine no logrará, según él, esas alturas estéticas
a las que se puede acceder a través de la expresión literaria…
Recuerdo la película Barton Fink, que es una
figuración del tormento que vivió el escritor WilliamFaulkner al
tener que trabajar para Hollywood convirtiendo obras literarias en
guiones cinematográficos. Había que reducir algo grande, traducir con simpleza
algo complejo.
Pero, la sabiduría popular entiende que si lo
pequeño no puede subir, lo grande puede bajar…
Así es cómo hoy tenemos literatura casi
cinematográfica. Autores que se sienten como
pez en el agua a la hora de la adaptación cinematográfica, no sufren como Faulkner
sino que lo disfrutan y le sacan provecho como George Martin que es
el guionista de su propia obra, la cual, por otra parte, es absolutamente
cinematográfica (estamos hablando de Canción
de Fuego y Hielo devenida en Juego
de Tronos), o podríamos hablar de la metamorfosis que a lo largo de
pocos años fue “sufriendo” Harry Potter, obra que tuvo un inicio puro y literario, sin una página de más, para terminar en un fárrago extenso pensado para el
merchandising y lleno de guiños para la cómoda y rápida adaptación a la pantalla grande… La saga Potter nació como un texto para lectores y terminó como un "texto-base" para espectadores. Y podría decirse más, el primer Harry Potter, el de la Piedra Filosofal, fue un incentivador a la lectura, en cambio, el resto de ellos fue una invitación cinematográfica...
Es posible que, como pensaba Carnevalle, el cine no logre alcanzar el sitial artístico de
la ficción literaria, pero, tal vez, la ficción literaria pueda bajar unos
peldaños para tomarle la mano…
Fue Shakespeare quien en una de sus
inmortales creaciones nos dice a través de la boca de uno de sus personajes: “Leal con todos, desleal con todos…”
Estas son épocas en que el cine pero principalmente la telenovela suelen tener versiones
alternativas.
Usted puede ver la versión oficial de una película y
luego puede rastrear la “versión del
director”, es decir lo que al director le hubiera gustado hacer y mostrar.
Parece que en el mundo del cine, el director es un
cocinero cuya comida es más o menos sustancialmente modificada antes de que
usted pueda llevársela a la boca.
Lo más grave, a mi parecer, son los finales
alternativos.
Sucede mucho con el género telenovela.
Se ve en las pantallas el final del culebrón y luego se puede rastrear por
infinidad de sitios otros finales, grabados, filmados por el propio director
con los mismos actores…
El resultado es que uno tiene a mano finales
diversos para la historia que lo estuvo atrapando todo este tiempo, uno, dos,
tres años…
Y muchas veces, no pocas, esos finales posibles
difieren y mucho.
Es decir que usted puede ver el final que se emitió
el día pautado para la televisión, el final que a usted le hubiera gustado, el
final que le hubiera gustado a su hija de 12 años y el final que le hubiera
encantado a su vecina.
En virtud y en honor a la verdadera narrativa usted
tuvo todo los finales posibles, el autor se ha desligado del compromiso de un
único final; se ha conformado a todos en alguna de las versiones a la vez que
se los ha dejado disconformes en todas las otras.
Es liberar a la historia de su compromiso, de su
esencia, de su validez, de todo aquello que lo hace interesante. Es como ir a
ver a su equipo favorito en una instancia deportiva importante y en el final del
encuentro el equipo de sus amores se lleva una excelente victoria, pero en otro
final es derrotado y en otro más nos vamos todos masticando un decoroso empate.
Yo tengo la profunda sensación de que muchos finales
saben a ningún final…
Comenzamos hablando del café como bebida apasionada
en estas tierras y derivamos en el lugar adonde uno suele ir a tomar un café:
el Bar, el Cafetín, el Café…
Mi padre iba todos los días al café, dos veces por
día. Iba un breve rato, siempre a la salida del trabajo; un rato antes del
mediodía y un rato antes de la cena. Los fines de semana también. Me llevó de
niño y pude conocer a sus amigos del café.
Era un ritual maravilloso. Dialogaban de cosas insólitas y discutían sobre el resultado de las carreras de caballos. No eran
grandes apostadores, de hecho casi no iban al hipódromo puesto que ese tiempo
se lo pasaban en el café, no obstante, creo que el turf era el deporte que amaban y no otro. Seguramente existe un
maridaje entre café y carreras de caballos…
Era un ritual maravilloso que acaso salvaba a mi
padre del ritual fatal del trabajo, que no suele tener piedad de eximición.
Cuando mi padre murió, sus amigos del café vinieron a su “velorio” y
reprodujeron, sin proponérselo la única rutina que conocían: llegaron, saludaron
a deudos con gesto de respeto, se sentaron en los sillones de la sala
velatoria, abrieron el periódico, dialogaron sobre cosas insólitas y sobre los
resultados de las carreras de caballos y luego se marcharon.
Esa fue su homenaje, el homenaje de los “amigos del
café”…
Mi padre no habría querido otra cosa…
Dejo aquí este hermoso poema-canción de Enrique
Santos Discépolo en la voz de Edmundo Rivero: